Con uno menos, Huracán aguantó y rescató un empate ante San Lorenzo en el Nuevo Gasómetro
Si Matías Tissera hubiese definido mejor ese mano a mano que tuvo a diez del final… Si Ezequiel Cerutti no hubiera estado milimétricamente adelantado antes de bajarle la pelota a Alexis Cuello en la anulada jugada del penal a Matías Reali… Si Luciano Giménez no se hacía expulsar por una reacción incompatible con la templanza y la inteligencia estratégica que ameritan estos clásicos… Si… El San Lorenzo-Huracán quedó embebido en distintos condicionales que modelaron el trámite, la tendencia, el desarrollo. Pero que no torcieron, por caso, la tendencia de un clásico que históricamente tiene a Boedo arriba, que en estos últimos años se emparejó. Y que ahora parece destinado a la paridad.
No la ganan, la empatan. Ocho igualdades en los últimos 11 partidos lo refrendan. Y no hubo excepción en el Bidegain: un punto por lado, un rato para cada uno, más emociones para un Huracán que lo pudo ganar por la contra que generó una avivada de Guidara (anticipó a Báez en ataque) y que Tissera -por pegarla demasiado al poste, solito y con mucho tiempo- la tiró afuera.
Si Frank Kudelka pone en la misma escala de lamentos ese ataque claro (clarísimo) que la roja de Giménez, el deté de Huracán tendrá toda la razón. Porque la tarjeta sobre el final del primer tiempo (por tercer partido consecutivo), además de ser una irresponsabilidad, trastocó los planes. Obligó a un esfuerzo redoblado, al repliegue estratégico que derivó en que ya no tuviera tanta influencia el hasta ahí mejor jugador del partido (Matko Miljevic). Y que a la vez decantó en el dominio de San Lorenzo, que llegó a emparejar la tenencia.
Pero al control de pelota local le faltó efectividad, filo, inteligencia estratégica de las que te da el oficio. Una carencia hasta lógica para un equipo que se apoya en algunos experimentados (Tripicchio, Romaña, Cerutti, Alexis Cuello) rodeado de jóvenes obligados a poner el cuero. Y eso tiene consecuencias: el modo sleep del lateral en el contragolpe casi fatal promediando el segundo tiempo, controles acelerados de pelotas sin observar periféricamente lo que pedía el partido, ataques interrumpidos por un reclamo…
En esa línea, que la única jugada clara de San Lorenzo (la del penal que le cometieron a un Reali intrascendente) haya tenido combinados a dos de los jugadores con mayor rodaje (Cerutti y Cuello) no fue para nada casual.
Paradójicamente, fue Leonel Pérez -21 abriles- el que mejor entendió lo que pedía el clásico: un pase claro para distribuir y encontrar a Gil o a Miljevic, o lucidez para anticiparse a Perruzzi y Rattalino en la zona donde todo se gesta. En la que todo nace.
El pibe fue el más claro de un Huracán que en el balance podría haberle hecho un poco más de daño a San Lorenzo. Un adversario que, sin embargo, hasta podría haberse puesto en ventaja si el botín de su mejor jugador no hubiera estado un cordón adelantado.
Demasiadas condiciones para resolver un clásico que, de nuevo, no fue de ninguno.
