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“Paco era la persona, el Polaco era el personaje”: las revelaciones de un amigo íntimo que sacuden al Montecito de los Canichones

La muerte de Eduardo Groh Riemersma, conocido popularmente como el Polaco, no solamente dejó un refugio con cientos de animales cuyo futuro genera preocupación. También abrió una disputa por su legado, por el control de la estructura que construyó y por el destino de los recursos que recibía para sostenerla. Pero detrás de esa historia pública, de las donaciones, las campañas solidarias y la imagen de un hombre consagrado a los perros, existía otra historia: la de Paco, como lo llamaban sus amigos de toda la vida. Una historia de excesos, fracasos económicos, rupturas familiares, decisiones personales y una entrega a los animales que terminó convirtiéndose en el centro absoluto de su existencia.

Esa dimensión íntima aparece en una conversación telefónica con un hombre que asegura haber compartido buena parte de su vida con el Polaco, conocido a su familia, acompañado sus dificultades económicas y participado de los comienzos del refugio. Su testimonio, de casi media hora, constituye una mirada particularmente cruda sobre el hombre que estaba detrás del personaje. Combina recuerdos propios, información recibida de terceros, opiniones y acusaciones que requieren corroboración independiente.

“Yo soy amigo de Paco Groh, que era la persona. El Polaco era el personaje”, afirma el testigo, trazando una distinción que atraviesa toda su narración. Para él, la notoriedad pública terminó por ocultar al hombre que conocía desde mucho antes de que el Montecito existiera.

El celular, la muerte y una versión que exige respuestas

Uno de los pasajes más delicados de la conversación aparece cuando se pregunta por una versión que circulaba después del fallecimiento: que Soledad Castelli habría intentado utilizar los ojos del Polaco para desbloquear su teléfono.

El testigo desmiente expresamente esa versión. Sin embargo, introduce otra acusación que, de comprobarse, tendría una considerable relevancia para reconstruir lo sucedido inmediatamente después del accidente.

Según su relato, Castelli se presentó en el hospital y manifestó reiteradamente su interés por conseguir el teléfono. Sostiene que incluso habría intentado acceder al sector donde se encontraba el cuerpo para utilizar la huella digital del fallecido.

“Quería el celular y quería entrar a la morgue para hacerle tocar el dedo en el táctil”, afirma.

El testigo aclara que el aparato permanecía bajo custodia de un amigo que había acompañado al Polaco durante el recorrido en motocicleta y que posteriormente habría sido entregado a Andrea, hermana del fallecido.

La importancia de esta declaración no reside solamente en la supuesta insistencia por obtener el dispositivo, sino en la explicación que ofrece el entrevistado: “En el teléfono él manejaba todo, Paco manejaba absolutamente todo”.

La versión plantea interrogantes concretos. ¿Quién tenía acceso a las cuentas, comunicaciones y operaciones del refugio? ¿Existían mecanismos institucionales para administrar esos recursos sin intervención del fundador? ¿Se intentó obtener el dispositivo y, en ese caso, con qué finalidad?

La muerte del Polaco: el relato de sus últimos minutos

El amigo íntimo también reconstruye el accidente fatal a partir de lo que, según explica, le contó quien acompañaba al Polaco en otra motocicleta. Ambos habrían salido a circular después de dedicar parte de la mañana a poner los vehículos en condiciones.

Según esa reconstrucción, el Polaco conducía una motocicleta que había intercambiado recientemente con un amigo. El trámite de transferencia todavía no se había completado, circunstancia que el entrevistado describe como una complicación adicional.

El relato sitúa el accidente en las inmediaciones de una rotonda, después de atravesar un lomo de burro. El testigo sostiene que su amigo no circulaba a una velocidad extraordinaria y especula que la motocicleta pudo haberle caído encima después de perder el control.

Describe luego los esfuerzos de personas que acudieron a auxiliarlo, la llegada de la ambulancia y su traslado al hospital, donde, según esa misma versión, falleció pocos minutos después de ingresar.

La conversación contiene un dato particularmente relevante: ante la pregunta de si el accidente pudo haber sido intencional, el testigo no avala esa hipótesis. Por el contrario, recuerda numerosos accidentes anteriores y describe al Polaco como un conductor habituado a asumir riesgos.

Su reconstrucción no reemplaza las pericias accidentológicas, los informes médicos ni las actuaciones judiciales, pero aporta una versión sobre la secuencia que precedió a la muerte.

De la ruina económica a los primeros doscientos perros

Quizás la revelación más significativa del testimonio sea la historia sobre los orígenes del Montecito.

Según su recuerdo, antes de convertirse en proteccionista, Paco atravesó una etapa de dificultades económicas vinculada con actividades agropecuarias. Afirma que, después de una operación familiar relacionada con la venta de un campo, recibió dinero que destinó a maquinaria agrícola, pero que terminó perdiendo sus recursos y acumulando deudas.

El amigo describe entonces un período de aislamiento, durante el cual sus allegados intentaban convencerlo de que retomara una actividad laboral.

Su interpretación es tan afectuosa como despiadada: sostiene que Paco comenzó a refugiarse emocionalmente en los perros porque, a diferencia de sus amigos, los animales no le cuestionaban sus decisiones.

Con el tiempo, afirma, llegó a reunir aproximadamente doscientos perros en Bandera. La cantidad de animales y los problemas derivados de su permanencia en un terreno habrían generado conflictos con el municipio y con quien le facilitaba el espacio.

En ese momento, según el testimonio, intervino personalmente para ayudarlo a trasladarse.

Relata que puso a disposición un camión de su propiedad y que el traslado se realizó en dos viajes, con materiales precarios, colchones, chapas y los animales.

Hay una imagen especialmente conmovedora en esa narración: asegura que el camionero le contó que Paco había gastado el último dinero que tenía en combustible para realizar la mudanza.

De acuerdo con ese testimonio, el Montecito no nació de una organización económicamente consolidada, sino de la voluntad obstinada de un hombre que, después de perder casi todo, decidió construir su vida alrededor de los perros.

El hombre que acumulaba perros y no quería desprenderse de ellos

La mirada del testigo sobre el proteccionismo de su amigo está lejos de ser complaciente. Reconoce su dedicación, pero cuestiona severamente el modelo que construyó.

Según el entrevistado, Paco no concebía el refugio como un lugar de tránsito para animales rescatados que posteriormente debían encontrar familias adoptivas. Por el contrario, sostiene que tendía a conservarlos y a incrementar permanentemente la población.

“Mil perros amontonó”, afirma, utilizando una cifra aproximada que debe verificarse mediante un censo actualizado.

El reproche es profundo: considera que la concentración de tantos animales terminó generando una estructura prácticamente imposible de administrar sin la presencia de su fundador.

Sin embargo, también distingue esa crítica de cualquier acusación de enriquecimiento personal. En su relato sostiene que el Polaco destinaba su vida y sus recursos a los animales y que no utilizaba la causa como una fachada para otros fines.

Esa contradicción constituye uno de los núcleos más reveladores de la entrevista: el mismo amigo que cuestiona las decisiones del Polaco reconoce que su entrega personal resultaba extraordinariamente difícil de reemplazar.

El refugio, desde esa perspectiva, fue al mismo tiempo una obra solidaria y una estructura excesivamente dependiente de quien la había creado.

La fundación, los colaboradores y las primeras fracturas

El testimonio también aporta una interpretación sobre la creación de la fundación. Relata que una mujer de Buenos Aires habría manifestado su intención de dejar una propiedad en beneficio de los animales y que esa circunstancia impulsó al Polaco a formalizar una estructura institucional.

La versión no acredita que esa donación se haya concretado, pero introduce una línea de investigación patrimonial: establecer si existieron ofrecimientos, legados, escrituras o compromisos de donación a favor del refugio.

Afirma que, en su visión, la institución giraba alrededor del fundador y que las demás personas cumplían funciones secundarias. Es una caracterización subjetiva, pero resulta relevante para comprender las tensiones internas que describe.

En ese contexto menciona a Carol, identificada durante la conversación como una abogada vinculada al refugio. Sostiene que se produjo un desacuerdo cuando ella habría pretendido cobrar por su trabajo profesional y que el Polaco decidió apartarla. ¿Cómo se diferenciaban las tareas voluntarias de las prestaciones profesionales remuneradas y quién tenía autoridad para resolver esos conflictos?

La discusión no es menor. Una institución sostenida mediante aportes solidarios necesita reglas claras sobre funciones, remuneraciones, administración y rendición de cuentas, independientemente del carisma de su fundador.

La sucesión del poder y el temor por el futuro

Cuando la conversación llega al presente del Montecito, el testigo abandona cualquier moderación. Expresa su temor de que, tras la muerte del fundador, se desencadene una disputa entre quienes rodeaban la institución.

Su afirmación más contundente no se refiere al patrimonio, sino a los animales.

“Y a mí me importan los mil perros que se van a cagar de hambre”, declara.

El entrevistado asegura haber escuchado que los recursos disponibles permitirían garantizar alimento hasta fin de año, aunque no aporta documentación que permita verificar ese cálculo.

Su propuesta es radical: realizar un inventario, organizar adopciones y distribuir progresivamente los animales entre personas capaces de cuidarlos, en lugar de intentar perpetuar una estructura que considera inviable.

El planteo puede ser discutible desde el punto de vista técnico y del bienestar animal, pero revela una preocupación legítima: la continuidad operativa del refugio después de la desaparición de quien concentraba buena parte de sus decisiones.

La pregunta que deja su testimonio es inevitable: ¿existe un plan verificable para garantizar alimentación, atención veterinaria, personal, infraestructura y recursos financieros durante los próximos meses?

Las acusaciones contra Soledad Castelli y la necesidad de esclarecerlas

A lo largo de la conversación, el amigo del Polaco dirige fuertes descalificaciones personales contra Soledad Castelli y sostiene que el fundador había tenido diferencias con ella. También formula referencias a supuestos antecedentes judiciales y a su situación procesal.

Lo periodísticamente relevante es que una persona que se presenta como amigo histórico del fundador expresa una profunda desconfianza hacia alguien que, según la conversación, aparece vinculada con el escenario posterior a su muerte.

En otro tramo, compara la situación del Montecito con su propia experiencia en una institución comunitaria de Bandera que asegura haber contribuido a fundar y dirigir.

Su argumento es sencillo: una organización debe ser capaz de continuar funcionando cuando quien la creó deja de estar presente.

Afirma que el gran problema del Montecito fue precisamente no haber logrado esa independencia.

“Esto es imposible que funcione sin Paco, porque nadie iba a hacer lo que el tipo hacía”, sentencia.

La frase contiene una crítica institucional mucho más profunda que las disputas personales relatadas en la entrevista. Si la administración, la recaudación, las decisiones y el funcionamiento cotidiano dependían efectivamente de una sola persona, su muerte expuso una fragilidad estructural que ninguna disputa por cargos o representación puede resolver por sí sola.

El desafío consiste en determinar qué recursos pertenecen legalmente a la institución, cuáles integran el patrimonio sucesorio del fundador, quién está autorizado para administrarlos y qué controles existen sobre su utilización.

Al final de la conversación, el amigo vuelve a la distinción que había formulado al comienzo: Paco, el hombre, y el Polaco, el personaje.

Recuerda su relación con la familia, los años de juventud, los accidentes anteriores y la despedida familiar. Su relato no pretende presentar a un santo. Describe a una persona contradictoria, impulsiva, capaz de decisiones cuestionables y de una dedicación extraordinaria a los animales.

Es precisamente esa mezcla la que vuelve valioso el testimonio. No idealiza a su amigo, pero tampoco permite que su historia quede reducida a las controversias posteriores a la muerte.

Su preocupación central es que la figura pública termine devorando definitivamente la memoria personal del fundador y que, mientras otros discuten su legado, los animales queden expuestos a la incertidumbre.

La muerte de Eduardo Groh Riemersma dejó algo más que un vacío afectivo. Dejó una organización cuya capacidad de supervivencia debe demostrarse con hechos, inventarios, balances, responsables identificables y garantías concretas de bienestar animal.

Porque detrás de las acusaciones cruzadas, las disputas de autoridad y las preguntas sobre el teléfono celular, permanece una realidad que ninguna controversia puede desplazar: cientos de perros necesitan comer mañana, pasado mañana y todos los días siguientes.

El Polaco construyó una obra que trascendió su propia vida. Ahora corresponde establecer si quienes pretenden continuarla están en condiciones de preservar su propósito o si la desaparición del fundador también marcará el principio del desmoronamiento de su legado.

(Fuente NuevoDiario)

Nota de la Redacción: Esta editorial cuenta en su poder con el audio que dio origen a la presente crónica.